Héctor Bellerín, el jugador del Betis que busca su propia voz: “Quiero ofrecer algo que tenga más que mi nombre”
Es una figura atípica dentro del fútbol profesional. No es solo que use la bicicleta como medio de transporte habitual, ni su preferencia por la ropa de segunda mano, sino un conjunto de decisiones que retratan a un futbolista dispuesto a no callar ante un mundo que se le revela como imperfecto. ChatGPT lo describiría como una persona encantadora, pero su fluidez y presencia resulta en algo más allá del encanto. Pasamos una mañana con el jugador del Betis, Héctor Bellerín, en su casa. Un niño sale corriendo. Lo esperan sus amigos, el skate, los grafitis, la calle. De fondo escucha a su madre tras de sí que le dice: Héctor, vuelve cuando se enciendan las luces de las farolas. Y Héctor, que es un poco gamberrete, corre más rápido. Su destino es la playa de Calella (Barcelona). Hay una zona donde los barcos pesqueros se colocan boca abajo tras la faena y es allí, a la sombra de los esqueletos de madera, donde el niño se encuentra con sus amigos, da su primer beso y juega al fútbol. La playa no es bonita en sí misma, podría ser cualquier playa de Benidorm, pero existirá algo especial asociado a todo lo que vivirá allí, que la convertirá en el seno de los recuerdos más felices de su vida. Héctor Bellerín salió del puerto con ocho años y comenzó a entrenar en la academia juvenil del FC Barcelona, la famosa Masia. Desde que empecé a jugar al fútbol en la academia del Barça mi vida ha sido muy rápida. Era ir al colegio, salir, montarme en un taxi e ir a entrenar cinco días a la semana desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche, cuenta.Se trasladó a la academia del Arsenal FC con 16 años y se insertó en la vida londinense, solo, fuera de su núcleo familiar y lejos de sus amistades. Un joven embebido por los flashes de la fama y el dinero repentino. Sus primeros años ofreció un nivel muy por encima de lo esperado y se convirtió en una de las promesas del fútbol europeo. ¿Qué sucedió cuando los flashes se apagaron? En el momento en el que tanto yo como el equipo empezamos a bajar me encuentro con que todas esas palabras bonitas, toda esa validación e idolatría desenfrenada que había recibido hasta el momento, desaparecen. Me quedo solo y digo: No sé muy bien qué me pasa.Desde entonces comenzó a ir al psicólogo pasando por distintos tipos de terapeutas y terapias hasta llegar a su proceso terapéutico actual, tras tres años y medio con la misma profesional: Soy una persona totalmente distinta. Más que un rasgo de personalidad es que ahora reconozco los rasgos de mi personalidad.El jugador ha resaltado en cantidad de ocasiones la importancia de la salud mental. Parar y escucharnos. Así inició un camino de autoconocimiento que lo llevó a estar presente entendiéndose en el antes y en cómo sanar ese antes. Darse cuenta de una herida que no sabía que existía: Todos tenemos las respuestas dentro de forma a veces muy abstracta, pero están ahí. Un buen terapeuta es alguien que sabe guiarte, es más una brújula que un mapa del tesoro.Durante el COVID se confinó en una granja en Saint Albans. Soledad, silencio y presencia con la naturaleza, lo que supuso un acercamiento a sus raíces tras días enteros escuchando a cantaores como Camarón de la Isla y el despertar del deseo por volver a España. “Un buen terapeuta es alguien que sabe guiarte, es más una brújula que un mapa del tesoro” Tras diez años jugando en el Arsenal, un breve paso por el FC Barcelona y una temporada de seis meses en el Sporting CP (Portugal), finalmente vuelve a Sevilla, al Real Betis Balompié.En el momento en el que llego a Sevilla y bajo del avión -era uno de septiembre, hacía un calor en el aeropuerto que es un secarral- me pega la hostia el sol y pienso: Yo quiero vivir aquí. Esta es mi casa. Vinilos, fotografías, libros y 'Viva Palestina Libre'Es así como se instala en la ciudad en la que lleva viviendo desde su regreso en 2023 y llega hasta la casa donde conversa con la periodista. Al entrar en ella, llaman la atención las piezas de un mueble sin montar esparcidas por todo el recibidor. La casa está llena de sofás, bombillas en portalámparas a la vista, alfombras, fotografías, un cuadro que reza Viva Palestina libre, una colección de vinilos con un disco de Camarón de la Isla protagonizando la fila. No hay puertas en la planta baja, arcos de piedra suavizan el paso de un espacio a otro y te guían hacia un abrigo abovedado que en París llamarían chambre de bonne, pero en su casa es una cámara secreta donde una estantería empotrada cubre la pared: Samanta Schweblin, Marcel Proust, Naomi Klein, Alana S. Portero, Juan Rulfo... La mayoría de ellos aún vírgenes. El conjunto parece una furgoneta itinerante en la que puedes encontrar desde una reliquia egipcia hasta la peluca de una drag queen.Su habitación es un intento de hacer sitio entre tanta cosa, es mucho más sobria, más diáfana, lo que la hace parecer habitada es la luz que entra por el costado derecho desde un pequeño balcón y los libros, los libros apilados en torres en un rincón junto a la cama. Hay una caja debajo de ellos en la que se lee libros, pero se ha desbordado y estos han reivindicado su lugar. Sobre la cama descansa La pasión según G.H., de Clarice Lispector. Si se trata de pioneros, Héctor forma parte de este grupo en el mundo del fútbol profesional. Fue uno de los primeros que puso sobre la mesa el debate sobre la dificultad de los jugadores de élite para declararse homosexuales. Se ha pronunciado en cuanto a las guerras de Yemen, Irak o Palestina y ha elegido el silencio en lo relativo a Ucrania, al calificar de racismo el peso informativo que ha tenido en los medios por su cercanía cultural y económica. Por otro lado, ha abordado la igualdad salarial en el fútbol de élite. Además de vestir solo con ropa de segunda mano, en 2024 creó su propia marca de ropa, Gospel Estudios, un proyecto de moda responsable basado en el concepto not-ready-to-wear. No solo cultiva su activismo social, en los últimos dos años ha estado desarrollando su interés por la literatura. Asiste todos los martes a un curso de escritura en una librería de su barrio que le ha cambiado la vida. Ha conocido a personas con las que intercambia recomendaciones sobre cine y libros, lo que ha enriquecido su visión del mundo. “Escritoras, escritores, somos todos los que cogemos un papel y escribimos” Cuando se plantea escribir un libro propio tiene la certeza de que quiere respetar el oficio, ya que piensa que hoy en día parece que el personaje público puede hacer lo que sea. A él le han ofrecido actuar en películas y hay una parte suya que piensa: Qué guay, eso sería increíble. Pero lo considera intrusismo laboral al haber convivido con gente que lleva años estudiando en el mundo del teatro o del cine y que viven inmersos en la precariedad, porque es muy difícil encontrar oportunidades incluso siendo bueno. Y entonces ahora yo, por ser esta persona que hace algo en otro ámbito y es reconocida y famosa, ¿de repente yo sí tengo esa oportunidad? Por ese lado no me parece bien.Esa misma consideración se aplica a su escritura: Aunque solo lleve dos años y poco escribiendo, es un proceso al que le pongo mucha atención, mucho cuidado y mucho amor. Quiero ofrecer algo que tenga más que mi nombre. Es consciente de que ser un personaje público facilita sus posibilidades de publicación, pero quiere escribir algo que se sostenga en el tiempo. No se considera escritor, pues su concepción sobre sí mismo está marcada por la inseguridad derivada de una educación limitada: “Si me preguntas por sintaxis, yo no soy una persona que te vaya a responder correctamente a la mayoría de tus preguntas. Y a mí me parece algo esencial para poder escribir”. Existe una parte de él que cree que necesita ese aprendizaje para no ser un impostor: ¿Cómo vas a ser escritor si no tienes el bachillerato, hijo?. Una autoexigencia que culmina en el afán por un título, en un aprendizaje para ser alguien mejor. O no mejor, sino alguien que pueda validarse a sí mismo como escritor. No cree que haga falta tener un libro para sentirse como tal: Escritoras, escritores, somos todos los que cogemos un papel y escribimos. Pero sí en que hay una diferencia entre ser escritor y ser un buen escritor. Me gustaría tener mucho más conocimiento del lenguaje para entender muchas cosas de las que hago, que muchas veces me doy cuenta de que las hago de forma intuitiva y esas cosas tienen un nombre. Desde su niñez, ha sido una persona autodidacta que no ha querido renunciar a aprender sobre lo que le causa inquietud, por ello se inició en la escritura y buscó un lugar en el que poder encontrar su propia voz. -¿Es tuya?Hay una fotografía enmarcada en la pared frente al sofá. Se ve un buzón desarmado, el hilo conductor de la comunicación roto frente al lugar donde la periodista y el jugador conversan.-Esa foto la hice yo sí, hay muchas fotos por la casa que las he hecho yo y eso te puede parecer un acto hipernarcisista, pero esta foto más que ser una buena foto es una foto simbólica.Se trata de una reivindicación de su espacio más que de un ego elevado. En la conversación hay un soniquete de fondo que crea una banda sonora propia. Su gato, Hanky, maúlla reclamando caricias desde una puerta cerrada, la radio anuncia las primeras noticias con un ronroneo indeleble y cacharros entrechocan en la cocina del piso superior. Héctor parece ajeno. Su mirada se fija en la alfombra antes de responder a las preguntas, pensando antes de hablar. Quizás distraído en encontrar las palabras exactas.Empezó a hacer fotografías porque le hacían muchas a él. Al principio tenía curiosidad por el proceso artístico y luego le regalaron una cámara analógica y salió a hacer fotos. “A mí lo que me gusta de la fotografía es que miras más”. En sus fotos puede observarse su interés por la luz y la sombra: “Me parece bonito. Es un dibujo sobre un dibujo. Una fachada, que ya en sí es un dibujo, se ve deformada por la luz que interactúa de distintas formas y solo durante un segundo porque está cambiando todo el rato”. Sin embargo, su realidad disiente de ese estado de contemplación sostenido. En plena era digital, la idolatría de los personajes públicos crea una extraña relación entre dos partes: “Por un lado, existe una distancia que deshumaniza. Por otro, existe un intercambio comunicativo en el que una persona que no conoces de nada te está viendo todo el día porque es muy fan, cree que te conoce porque lo sabe todo sobre ti, y tú no sabes quién es esa persona. Hay un cruce energético superraro. Está la parte del agradecimiento total a la gente que te admira, pero luego está la intimidad. La intimidad es algo a lo que solo se le da valor cuando se pierde”. “Lo que sí me gustaría hacer es estudiar Filología Hispánica o Literaturas Comparadas” Héctor ha notado su pérdida de intimidad en la cotidianidad de su vida. Algo tan sencillo como considerar salir a tomar un café le hace tener que estar alerta por si alguien se está haciendo una foto de “extranjis” con él o tiene que hablar más bajito porque nota que están pegando la oreja. Es complicado de llevar. Pero bueno, tampoco te puedes quejar, porque al final estás en una posición superprivilegiada y eres famoso. '¿De qué te quejas? Solo quiero una foto contigo'. Y está bien, y yo me la hago encantado. Pero es la pérdida de espacios en los que tú puedes existir tranquilo. Es tal su consciencia que cuando entra a un restaurante, en diez segundos puede decir quién lo conoce y quién le va a acabar pidiendo una foto casi al cien por cien. Ha desarrollado un radar. Además, va más allá de su intimidad, habla sobre el peligro de ser un personaje público en 2025 con la exposición en las redes sociales. No siente que sea sano porque considera que la idolatría tiende a la deshumanización: a demandar a una figura reconocida cosas que es incapaz de hacer porque es una persona humana. Y al no hacer lo demandado, se le critica. No cree que como especie estemos hechos para aguantar el escrutinio de millones de personas. Y quieras o no, nos obligan a vivir ahí. Son una herramienta de trabajo para mí, aunque intento pasar el menos tiempo posible. Pero una parte de mi vida sucede ahí. Es imposible que no te importe lo que digan, porque, aunque sea una realidad paralela, son otros humanos interactuando con nosotros. Mira a la periodista con una incertidumbre latente. Parece itinerante, hoy está aquí y ¿mañana? Puede escapar en mitad de una respuesta y dejar el silencio flotando tras de sí. No es volátil, pero sí cambiante, lo social lo llama, pero al final acaba en la playa tomándose un café a solas con el mar. Lleva unas crocs abiertas, camiseta de tirantes blanca y una camisa a cuadros. El pelo le cae sobre los hombros como a uno de los personajes de Tim Burton. Es encantador, se ríe, bromea y parece mantener una complicidad perfecta: ahí está su barrera. Hay algo tras la palabra adecuada que decir, el chico inseguro que valora si lo que dice será lo suficientemente inteligente, bueno o ingenioso. Si cumplirá las expectativas que ha cargado sobre sus hombros sin saber cómo equilibrar el peso. Lleva la máscara del que lucha para que no se le reduzca solo a un nombre.Con treinta años se encuentra en el ascenso de su vida. Es futbolista, lo ha sido desde muy temprano, pero no se plantea seguir jugando hasta los cuarenta. Cree que hay más, la posibilidad de vivir otras vidas actúa como acicate de su juventud. Según escribió Milena Busquets, la juventud está en las piernas, y él quiere seguir corriendo cuando pasen diez años. Hace dos años te diría que cuando me retirara quería ser diseñador. Hace cinco igual te diría que quería ser fotógrafo. Ahora te diría que quiero escribir. No sé. Lo que sí me gustaría hacer es estudiar Filología Hispánica o Literaturas Comparadas.Quizás cuando tenga cuarenta años sea licenciado, viva durante un año en una granja, o cerca del mar, o en una granja cerca del mar; y se despierte de la siesta a las seis de la tarde con el aroma del café a la italiana envolviendo el sopor del sueño, junto a un libro de Clarice Lispector. Con la sensación de tener cinco años y la esperanza de que al girar la esquina su abuela esté esperándolo. Mientras se dice a sí mismo, como un mantra, que a pesar de todo, le gusta mucho vivir.
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