...y comieron tristeza
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...y comieron tristeza

April 10, 2026
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HTML ID:122364472En Friburgo, al menos en su casco antiguo, todas las casas se han fabricado de chocolate y turrón. Las personas transitan a paso lento por carriles invisibles, sin incomodarse. Los universitarios se tumban sobre las margaritas de los jardines y los niños juegan con barquitos de madera en los canales que alivian el calor. Trinan los pájaros entre los árboles y la bicicletas timbran con timidez sobre el pavés.

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Los tranvías se deslizan como sobre zapatillas de gamuza, sin anunciarse. De fondo, anudando esta coreografía, suena el Canon de Pachelbel en un dueto de violín y chelo. Leves murmullos que apenas matizan esa sensación extraña que envuelve al viajero hasta que la ausencia lo asombra y lo abruma. El silencio. Es Friburgo una ciudad de cuento y seguramente los hermanos Grimm recorrieron sus tabernas, recopilando narraciones populares. Por sus calles pasean mujeres de tez tan pálida como Blancanieves y de pelo tan dorado como Rapunzel. Cachorros adorables triscan como cabritillos y en el mercadillo, junto a la catedral, sastrecillos y alfareros exhiben sus artesanías. El mundo se antoja un lugar perfecto. Pero es también Friburgo la puerta de la selva negra, que se percibe a su espalda. Ese bosque inmenso y frondoso, donde los padres abandonaban a sus hijos durante las hambrunas y los lobos acechaban a los caminantes en invierno. Bajo la tierra, alimentándose de la podredumbre, aún se enroscan gusanos gigantes. Esa intuición de que algo está a punto de suceder lo impregna todo, como el aire que se espesa antes de que la tormenta se desate. La alegría le corresponde al nudo del relato. En el patio de esa cervecería, por ejemplo, donde los aficionados de los dos equipos han coincidido. Se han intercambiado bufandas. Han compartido coros. Se han palmeado las espaldas. Han atribuido al capricho de la suerte lo que en realidad desean del partido, con la promesa de verse dentro de una semana en Vigo. «Amigos de los extraños», proclama la sudadera de uno de los hinchas locales. Se confeccionó hace una década, en una campaña de apoyo a refugiados sirios. Este fútbol igual impulsa el odio por las calles de Lyon que el amor en las de Friburgo. El desaliento se concentra en el Europa-Park Stadion, donde los coches aún se atascan, pese a la locomoción alternativa, y cuyo fondo principal, a hora y media del inicio, ya se ha atestado de una masa que se aclara la garganta. Están de pie, apretados, como si a la grada la hubiesen encalado. En una esquina del contrario, en cambio, se tiñen más de rojo. El resto del campo permanece vacío. Y de repente, en la salida a calentar de los porteros locales, ese motor al ralentí estalla en un griterío rotundo y coordinado, al ritmo de los tambores, que no callará. Miles botan a la vez o se cimbrean al unísono. Ya no se escuchan trinos ni timbres. Cada atómo vibra y se expande. El ruido. Al otro lado, en el sector celeste –también se divisa un pequeño reducto en la tribuna vecina–, han entretenido la espera con cánticos. En megafonía suena Madonna y se anuncia la alineación del Celta en gallego. Pero una calavera ha surgido enfrente, coronando un tifo, como premonición de lo que espera. Llueve confeti encarnado. Se homenaje al recién fallecido Mircea Lucescu. Y se desata el infierno. Los 900 aficionados intentan mantener el ánimo pese a que el partido se lo niega. Y en el saludo final reciben a sus jugadores sin reproches, agraciéndoles el camino recorrido, resignados. Claro que volverán a ser felices, pero esta noche las perdices han volado. Toca comer tristeza.

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